domingo, 22 de abril de 2018

Cuentos de Jorge Accame


Colegio Secundario N° 25
“Lago del Desierto”

Lengua y Literatura
3° año “A” y “C”

Cuentos,

Jorge Accame

(Selección)








Prof. Patricia Vega
Ciclo Lectivo 2018







“Esa chica” (incluido en el libro Cumbia)

Cada vez que lo tocaba con la rama seca, el animalito movía sus patas alocadamente y se desplazaba en el charco que había dejado la bajamar. Gruvi lo perdió de vista mientras cruzaba el reflejo del sol y lo alcanzó de un salto en la otra orilla.
–Papi, mami, vengan a ver una estrella de mar que baila.
El matrimonio Arcaréndola se acercó arrastrando las bolsas llenas de almejas que empezaban a sacar sus tubos como periscopios y reconocían el nuevo domicilio.
–Cierto –dijo el hombre–. ¿Será comestible?
La señora le apretó con los dedos el rollo principal que colgaba del pantalón de baño.
–Es suficiente con las almejas, Ruben.
–Nunca es suficiente –dijo el hombre mirando hacia el horizonte, y fingiendo solemnidad sentenció:
–El mar esconde delicias desconocidas y no pienso irme sin probarlas todas.
–¿Qué hace Marito? –preguntó la mujer.
–En la combi.
–¿Con este sol? Ese muchacho es demente. Gruvi, andá a llamarlo. Que venga a bañarse.
–Uh, mamá –gimoteó el chico–. Seguro que está escuchando música y si lo molesto se la va a agarrar conmigo.
–Está bien, Gruvi, no vayas –dijo el padre–. Dejalo, Marta, sólo quiere escuchar música. No tiene nada de malo.
–Se pasa todo el día pensando en la chiquilina esa.
–Qué chiquilina.
–No te hagas el idiota, Ruben. Esa que conoció en la playa el otro día. Te fijaste en ella vos también.
La señora Arcaréndola miró alrededor buscando una sombra.
–Allá, abajo de aquel médano.
Se dirigieron hasta el lugar lentamente, entorpecidos por los bultos que cargaban. Hamacándose hacia ambos lados, parecían una familia de elefantes equipada con sus arneses de safari. El señor Arcaréndola llevaba su botín de almejas y la sombrilla.
Establecieron el pequeño campamento cerca de unos arbustos. La señora sacó el bronceador del bolso y comenzó a untarse los brazos.
–No hay nadie en esta playa. ¿Será privada?
–¿Acaso no querías eso, Marta? Dijiste que estabas harta de la gente.
–Es cierto. Pero no tanto. Gruvi no encontrará amigos para jugar.
El señor Arcaréndola echó una ojeada a las bolsas de almejas.
–El dueño del camping dijo que pueden comerse crudas. Con un chorro de limón.
–Por favor, Ruben. La primera vez que venimos al mar y querés comerte todo.
El hombre se puso un gorro y se alzó. Respiró profundamente, hinchó de aire su pecho y comprobó la playa desierta.
–Qué bárbaro es este país, Marta.
La señora Arcaréndola observó el ancho torso que tenía delante. Estaba sudado y rojo. Los rollos caían hacia abajo dando tumbos como las olas del mar desdoblándose en la orilla.
–Has engordado, Ruben.
–¿Vas a dejarme tranquilo, Marta? Estoy de vacaciones. Cuando regresemos a Buenos Aires voy a empezar un régimen.
–Deberías cuidarte. Siempre has sido un poco excedido de peso.
–¿Y qué tiene que ver? Vos sos rellena. Los chicos también. Estamos sanos, ¿no? Es lo que importa.
–Esa chica no va a tomarse en serio a Marito. Sólo quiere divertirse.
Unas gaviotas pasaron graznando y el señor Arcaréndola no pudo entender a su esposa.
–¿Qué dijiste, Marta? Vení, vamos a bañarnos.
–Hablaba de esa chica.
–¿Qué chica?
–No soporto que te hagas el idiota, Ruben.
–Ah, ésa. Bueno ¿vamos?
–Andá vos. Yo prefiero quedarme.
De pasada, el señor Arcaréndola invitó a Gruvi. que estaba haciendo un pozo algunos metros más allá. El chico aceptó y jugaron una carrera hasta la orilla. El hombre empujó a Gruvi haciéndolo caer sentado en el agua, el niño salpicó al padre. Con los ojos entornados, mientras tomaba sol, la señora Arcaréndola escuchaba los gritos y las risas desde su refugio al pie del médano. Se había bajado los breteles del traje de baño; el elástico le apretaba la naciente de los pechos y le dibujaba una franja roja y fruncida. Su marido y su hijo eran dos hombrecitos de juguete en el límite entre el agua y la arena. Se hallarían a cien o ciento cincuenta metros de ella.
Giró la cabeza y vio en el camino la combi y la colosal silueta del hijo mayor sentada al volante. Lo imaginó soñando con aquella chica, escuchando una canción romántica. Era una hermosa chica moderna y se dijo que habría preferido que Marito se fijara en otra clase de muchacha. Posó sin pensar una rápida mirada sobre sus piernas rosadas y vastas y volvió a los dos que seguían bañándose.
Las voces llegaban de a pedazos, palabras incompletas entre el sol de mediodía y el permanente y manso rugido del mar. Apoyó la cabeza en la toalla y cerró los ojos.
La despertaron unas gotas heladas sobre la cara y el cuerpo. Eran el señor Arcaréndola y Gruvi que sacudían los cabellos encima de ella y reían a carcajadas viendo su expresión de sorpresa.
–El agua está fantástica –dijo su marido sentándose al lado–. Es una pena que no hayas venido.
Ella se incorporó sosteniéndose sobre sus codos.
–Soñé que Marito se suicidaba por esa chica.
El señor Arcaréndola la miró como si estuviera en presencia del evento más incomprensible del universo.
–¿Querés acabarla? No es el primero que se enamora. ¿Dónde están los sandwiches? Vamos a almorzar. ¡Gruvi! Vení. Mamá hizo unos sandwiches especiales.
–No querés entender. Esa chica no le va a dar ni la hora.
–¿Y? No va a suicidarse por eso.
–Ruben ¿la has visto bien? Es muy moderna. Bailaba con todos. Puede tener al que le dé la gana.
–Por favor, Marta, a esta carne le falta sal.
La señora Arcaréndola se echó a llorar.
–Marta, mujer, qué te pasa. Por Dios, cómo es posible que te pongás así por una pavada.
Gruvi se acercó.
–¿Por qué llora mamá?
–No llora, le entró arena en los ojos. Andá a la combi y traeme el bidón con agua.
Cuando Gruvi se fue, el señor Arcaréndola abrazó a su esposa.
–No llores, Marta. Si querés, esta tarde, voy a pedirle a Marito que me ayude a pescar con esa red nueva que compramos. Una actividad en familia, como dicen ahora –le guiñó un ojo–. Así lo podré vigilar de cerca.
La mujer asintió y fue calmándose, esbozó una pequeña sonrisa cuando su marido le ofreció un poco de su sandwich.
El señor Arcaréndola entró al agua con un extremo de la red en la mano, dando saltitos.
–Ahora sí está congelada. Marito, vení vos también. Pero no te me acerqués mucho. El vendedor dijo que hay que dar un rodeo y volver a la playa.
Marito sostenía su parte de red como si le repugnara.
–Papá, no tengo ganas de pescar.
El hombre señaló el cielo.
–¿Ves esas nubes? Va a llover en seguida. Si nos apuramos, podemos atrapar unos cuantos pescados para llenar la heladera. Me dijeron que a veces salen langostinos.
–Papá ¿puedo volver a la combi?
El señor Arcaréndola se metió más adentro y el agua le apretó la cintura, Marito lo siguió chillando de frío.
Hicieron un corto recorrido y regresaron.
Gruvi y la madre los esperaban impacientes en la orilla. Entre todos extendieron la red y recogieron los pescaditos plateados que saltaban arqueando sus cuerpos.
–Qué es esto –preguntó el señor Arcaréndola, descubriendo una especie de araña enredada en los hilos.
–Es horrible –dijo la mujer–. Gruvi, alejate.
–Bueno, sáquenlo y volvamos al agua –dijo el hombre.
–Ya está bien, papá –bufó Marito.
–No hemos pescado ni un langostino. Te dije que había que meterse más.
Algunas gotas mojaron sus hombros. Marta y Gruvi comenzaron a acarrear los bultos hasta el vehículo, mientras la centolla estiraba sus patas rumbo al mar y el señor Arcaréndola y Marito se metían otra vez con la red, hundiendo sus piernas en las primeras olas.
El mar se había picado un poco; se veían los rayos de la lluvia sobre algunos barcos lejanos. El horizonte se hallaba casi esfumado por una nebulosa gris. El señor Arcaréndola aferró su mano en la red y se acercó a Marito.
–Tu madre está preocupada.
–¿Qué?
–Por la chica.
Avanzaron más. El agua les daba en el pecho. El hombre miró a su hijo.
–Atorrante, te gusta la chica.
–¿Qué?
El señor Arcaréndola salpicó a Marito, que protestó riendo.
–Yo también me enamoré cuando era joven –dijo el hombre–, pero ya ves, luego me casé con tu madre.
Marito rió de nuevo.
–¿Ya habrá langostinos por acá? –preguntó.
El hombre escudriñó el lugar con aire experto y dijo:
–Probemos.
Dio unas brazadas y se detuvo, buscando apoyarse en el fondo.
–Marito –llamó–. aquí no hago pie.
–¿Qué?
–Voy a correrme hacia la izquierda.
Con las últimas palabras el señor Arcaréndola tragó un poco de agua.
–No hago pie –repitió.
El muchacho comenzó a volver a la orilla arrastrando la red.
Estaba pesadísima y tiraba con todas sus fuerzas.
–Me parece que hemos pescado algo grande, papá –gritó sin mirar atrás.
La malla se tensó. Luego se aflojó de golpe y Marito prosiguió su regreso ya sin resistencia.
Gruvi y su madre aguardaban en la playa.
Marito llegó exhausto y empezó a recoger la red.
–¿Y papá? –preguntó Gruvi.
La señora Arcaréndola se asomó a las olas, mojándose los tobillos.
–Ruben, Ruben –llamó.
Aturdido, Marito continuó tirando de la red hasta que apareció la otra punta, blanda y dócil serpenteando en la arena mojada.
La mujer se estiró e intentó ver más lejos.
–Ay, Dios mío.
–¿Dónde está? –preguntó Gruvi.
Marito sostenía la red abrazándola y miraba el extremo que pendulaba en el aire.
–Venía conmigo.
Con una mano, la mujer se quitó los cabellos del rostro.
Giró rápidamente sobre sí misma, buscando ayuda y sintió un malestar en el estómago.
–Ruben, Ruben –llamó tanteando, como si estuviera lista la cena y ella no supiera en qué habitación de la casa se hallara su marido.
Corrió a lo largo de la orilla unos metros y se metió al agua de nuevo. Salió y volvió a correr. Gruvi la acompañaba en la carrera y gritaba:
–Papá, papi.
Las voces se superponían y terminaban en los graznidos de las gaviotas.
La señora Arcaréndola se dejó caer en la arena. Sus hijos la ayudaron a levantarse, tomándola de los brazos. Sin soltarla, permanecieron así juntos, respirando brevemente, mientras la espuma les bañaba los pies.
–A lo mejor lo alzó alguno de esos barcos –dijo Marito.
–¿Qué barcos?
–Ahora no se ven con la niebla. Pero estaban por allá.
Un vapor pesado y denso avanzaba hacia ellos.
–Volvamos a la ciudad a preguntar –dijo finalmente la mujer.
Caminaron hasta la calle con asfalto. Lloviznaba. La señora Arcaréndola y Marito subieron a la combi. Gruvi contempló unos instantes la superficie del mar que se despeinaba con las ráfagas del viento. Después entró también. Sólo se escuchaban los limpiaparabrisas contra el vidrio gris; chirriaban apenas al barrer el agua que se escurría hacia abajo. Ahora la llovizna era un poco más fuerte.

“Mamá está haciendo tortas fritas”

Vamos por la senda mi hijo menor, José María, y yo. Llevo a Carlitos de la mano.
Caminamos los dos medio torcidos, él va unos centímetros más adelante porque el corredor entre los alisos es muy estrecho y no cabemos juntos.
José María corta con su machete las ramas que atraviesan. Al fondo se ve una luz intensa y yo pienso en los relatos de esa gente que ha estado muerta durante algunos segundos y luego vuelve a la vida.
Me han dicho que en el Angosto se pesca bien, así que preparé mi caña telescópica y mi reel, y le pedí a José María que me acompañe; pero al salir, Carlitos se puso a llorar porque quería venir conmigo.
Ahora estamos los dos, mirando la camisa azul de José María, empapada por la transpiración, que se le pega a la espalda.
José María levanta el machete y lo deja caer. Repite este movimiento una y otra vez, como si fuera su especial manera de existir.
La senda finaliza en un pequeño barranco. Nos lanzamos, hundiendo los pies en la tierra blanda.
Caminamos por las piedras hasta el río y armo el equipo. Carlitos mira cómo se retuerce la unca cuando la ensarto en el anzuelo. Le clavo la punta y sale un jugo pegajoso con olor a barro, la punta asoma y vuelvo a enhebrarla. El niño baja la vista. Ha descubierto algo entre las piedras.
–Miren, sapos –nos dice.
José María y yo nos descalzamos. Carlitos se sube a caballito sobre mi espalda y cruzamos el río en una parte donde el cauce es más ancho y menos profundo. José María junta las cosas y me sigue. Desde aquí al Angosto habrá una hora y media de caminata. Las piedras del fondo están flojas y ruedan sin cesar por la corriente. Un par de veces resbalo y estoy a punto de caer. Pienso cómo debería acomodar el cuerpo para que Carlitos no se lastime y recuerdo al eucaliptus de mi jardín que eché abajo el año pasado. Toda la tarde haciendo cálculos para que cayera en los tréboles y con el último golpe se desplomó sobre el techo del vecino.
Terminamos la travesía en la orilla opuesta, apoyo a Carlitos sobre una piedra y le pido a José María mi caña. Estoy impaciente por probar suerte en un pozo que vengo viendo desde antes de cruzar. Unos minutos, nomás. La línea corre entre la espuma. La dejo hasta que metros abajo se acaba la tanza y el anzuelo aparece corcoveando en la superficie. Recojo y vuelvo a lanzarla.
José María me dice que si quiero llegar al Angosto va a ser mejor que él se lleve a Carlitos a la casa y yo siga caminando. José María tiene los ojos pequeños, separados por una gran nariz de tucán. Detrás de ellos esconde las palabras que no dice. Hace poco que trabaja en nuestra finca; no lo conozco en realidad.
Pienso que tal vez después de todo no vaya al Angosto y me quede en los pozos cercanos, con Carlitos jugando en la arena. Pero Carlitos lo ha escuchado y quiere volver. Me explica que su mamá estaba haciendo tortas fritas para el té y tiene miedo de que sus hermanos se las coman todas.
Los chicos viven cambiando de idea. Si no le hubiera pedido a José María que viniera, ahora tendría que acompañar de regreso a Carlitos y habría perdido mi tarde de pesca.
–Está bien –digo–. Vuelvan.
Voy a quedarme un rato más aquí. Me gustan estos pequeños pozos con buenas correntadas. Siempre he pescado bien en ellos. Sólo un rato más.
Cruzan el río. José María carga a Carlitos, le pasa el brazo por el estómago y el niño va colgando, doblado en dos. José María tiene los pantalones mojados hasta el muslo y arrastra pesadamente sus piernas en el agua.
Aplasto un tábano sobre mi costado y cuando vuelvo la vista, los dos ya están en la otra orilla. José María se calza los zapatos. Carlitos busca algo entre las rocas, los sapitos que me había mostrado antes.
José María levanta el machete que había soltado para calzarse.
Sé que no lo debo pensar pero quizá José María le corte el cuello a mi niño. Tiene el machete en la mano y se le acerca. Carlitos está distraído, en cuatro patas, buscando en las piedras, escarbando con una ramita.
Yo no tengo manera de impedirlo, no puedo saltar el río y aunque lo hiciera no llegaría a tiempo.
Me muerdo los labios y junto las piernas apretando con fuerza las rodillas. Qué podría evitar que José María bajara el machete sobre el cuello de mi hijo y su cabeza rodara por las piedras hasta el agua. Estoy casi seguro de que lo hará. José María me mira y sonríe. Me estremezco. Otro tábano me está picando el hombro. Intento golpearlo con la mano abierta, pero fallo. Escucho el chasquido del planazo sobre mi piel y siento extenderse el ardor hacia la espalda.
Cuando levanto la cabeza y miro, José María estira el brazo para darle la mano a Carlitos y el niño corre hasta él y la toma. No logro oír lo que le dice por el estruendo de la corriente, pero debe de haber sido algo así como “Vamos para la casa, Carlitos”.
Los tábanos me están matando. Recojo mis cosas para seguir más adelante y vuelvo a mirar. Antes de que desaparezcan en un recodo, creo haber visto el manchón de la camisa azul de José María y las piernitas de mi hijo entre los alisos.

“Flores”

"Yo era profesor de Castellano en la Escuela Normal y a mediados del 80, en el segundo año del bachillerato, tomé una prueba escrita de análisis sintáctico. Al devolver las hojas corregidas sobró una. Los alumnos me dijeron que ese nombre no correspondía al grupo. La evaluación, que había sido reprobada, llevaba la firma de un confuso Juan o José Flores. La guardé dentro de mi portafolios.
  Por las dudas, en los días sucesivos pregunté en otros cursos: todos ignoraban su origen. Repasé las listas; en vano. Nadie apareció con ese apellido.
  No me sorprendí demasiado. Un escrito aplazado era quizás eludido hasta por su propio dueño. Probablemente abusando de mi ignorancia acerca de los integrantes de cada grupo, alguien habría firmado con seudónimo previendo el resultado final.
  Hacia septiembre, volví a examinar al segundo año. Corregí los trabajos y me encontré -creo que lo esperaba- con otra hoja firmada por Flores. Tampoco esta vez había aprobado.
  No llevé a cabo más pesquisas. Ahora estaba seguro de que Flores pertenecía al segundo A. Haber encontrado dos veces un trabajo suyo entre las evaluaciones de ese grupo lo confirmaba. Sospeché que se trataba del nombre apócrifo de algún bromista que había hecho dos pruebas. Una 
firmada con su verdadero apellido para obtener un concepto real; la otra, que debía atribuirse a una sombra -Flores- y que era entregada con el sólo propósito de perturbarme.
  Durante el recreo, mencioné el episodio en el buffet del colegio, delante de mis colegas. En ese momento el comentario no produjo ningún efecto. Nunca se escucha lo que dice realmente el otro, salvo que el discurso sea por mera casualidad el que uno mismo está por decir.
  Cuando ya iba a entrar al aula, sentí que me aferraban el brazo para detenerme. Era una preceptora. Se la veía nerviosa.
  "Sin querer -murmuró- he oído lo que relató en el bar". Le dije para tranquilizarla que no tenía la menor importancia. Ni siquiera intentó escucharme y empezó a hablar:
  "Había hace tiempo, en segundo A, un chico Flores que nunca aprobó Castellano. Era voluntarioso y estudiaba mucho, pero sus deficiencias -mala escuela primaria o falta de cabeza, se ve- le impidieron eximirse. Una tarde, cuando venía hacia aquí a rendir examen por quinta o sexta vez, lo atropelló una camioneta y murió. Fue la única materia que quedó debiendo para siempre".
 La narración era bastante melodramática. Sin embargo, la mezcla de ambigüedad y precisión entre aquellas coincidencias me inquietó por varias semanas.
  Ese verano, tomé la evaluación final en segundo A. Busqué la de Flores y la aprobé sin leerla. Al día siguiente, la dejé sobre el pupitre de un aula vacía.
  Ya no volví a saber de mi inexistente alumno. Deliberadamente, deseché una última explicación posible: la intervención de algún familiar o amigo íntimo del difunto, que cursara en la escuela y hubiera prometido cumplir póstuma y simbólicamente su voluntad truncada.
  Para mí -y para la sombra- había una sola realidad: Flores, ese año, se eximió en la materia que lo había fatigado".

“En el borde del barranco”

La mujer apareció de golpe sobre la ruta y le hizo señas para que se detuviera. El hombre frenó en la banquina unos metros más adelante. Ella se acercó y asomándose hacia adentro por la ventanilla, le dijo:
–¿Puede ayudarme? Mi auto se desbarrancó.
El hombre miró y descubrió un cartel arrancado y la huella profunda de unas ruedas que terminaban en el vacío. 
–Suba –le ofreció.
Pero ella dijo que iría a pie para mostrarle el camino.
El hombre la siguió hasta la curva. La vio parada en el borde del barranco, con el brazo extendido, inmóvil por unos segundos. Luego la perdió en la neblina.
Bajó de la camioneta y cerró con llave. En el fondo del monte divisó un automóvil rojo atorado en la maleza. Era un atardecer nublado y el verde de las plantas resplandecía.
–Señora –llamó.
Comenzó a descender lentamente porque la barranca era casi vertical. Resbaló dos veces antes de llegar y se rompió el pantalón. Pensó en la mujer. Se preguntó cómo se las habría arreglado en una pared tan escarpada. 
–Señora –llamó otra vez.
Escuchó un llanto de niño que provenía desde el interior del auto. Se aproximó y a través de los vidrios astillados distinguió en el asiento de atrás un bebé de meses.
En el sitio del conductor había un cuerpo doblado sobre el volante.
El hombre tanteó las puertas pero estaban trabadas. Con cuidado, terminó de romper el parabrisas. Se retorció hacia adentro, llegó hasta el niño y lo sacó. Lo apoyó en el pasto, envuelto en su campera.  
Luego volvió por el conductor. Era la mujer que lo había detenido en la ruta. Empujó su cuerpo hacia el respaldo. En el peso comprendió que estaba muerta. Una muerta serena, sin muecas de dolor ni de miedo. Sólo en los suaves labios morados se alargaba un suspiro de cansancio, porque su instinto de hembra la había forzado a trabajar más allá de las jornadas humanas.

“Viscoso en la oscuridad”

Juan Seguer prometió que nos contaría todo tal cual como se lo había referido en su momento al comisario, cuando fue a exponer la denuncia. 
Los había contratado la viuda de Ortiz, a él y a Mario Guitián, para que sacaran un animal que se había metido en el galpón. Por los datos que les dio, pensaron que quizá era una comadreja.
Ellos no solían efectuar trabajos de esa clase, pero la viuda pagaba bien. Según les explicó, el animal se había instalado allí hacía muchos años, poco después de morir el marido. 
Don Ortiz era un hombre bondadoso, pero jamás tuvo habilidad para manejar el ingenio. Y desde que él falleció, a la viuda empezaron a irle bien las cosas. Ahora era una de las personas más ricas de la zona.
La mujer refirió que al principio el bicho se escondía cada vez que alguien subía, pero con el tiempo fue tomando confianza y permanecía quieto en medio del galpón mirando con curiosidad a las personas. Más tarde la mirada se hizo desafiante. La última vez que la hija menor fue allá con sus amiguitas para jugar, el animal les gruñó. Las niñas bajaron asustadas y le contaron a la madre. La señora entonces decidió hacerlo sacar.
Seguer y Guitián subieron de noche, por no contradecir a la viuda, porque ella decía que sería más fácil si lo sorprendían dormido.
Llevaron linternas, sogas para enlazarlo, una jaulita de medio metro de largo; y dos cuchillos y un revólver por si se retobaba. Aunque como la mujer les rogaba que le tuvieran paciencia y trataran de no lastimarlo, estaban dispuestos a no usar las armas. Ella se conformaba con que lo soltaran lejos, en el monte, porque estaba fastidiada de tenerlo frente a la casa.
Los hombres treparon por la escalera con cuidado de no hacer ruido. Juan Seguer iba adelante. Apoyó las cosas en la primera superficie plana que encontró y, haciendo fuerza con sus brazos, subió de un salto. Luego ayudó a Mario Guitián. Arriba había un olor caliente y nauseabundo, como a carne podrida y apenas se podía respirar. 
Prendieron las linternas y comenzaron la búsqueda. Guitián fue hacia el fondo y Seguer hacia el frente. Habían quedado de acuerdo en que si lo veían, se avisarían sin hablar, sólo iluminando el techo.
Seguer caminó despacio sobre los tablones del piso. No siempre podía evitar que crujieran. Pocos metros atrás de él, escuchaba también las pisadas de Mario. Llegó hasta las aberturas que daban al exterior. Lo sorprendió hallarlas clausuradas con vigas clavadas a los marcos. Afuera graznó un zorro del agua. Juan se sentó en un fardo de pasto y recorrió con la linterna todos los rincones. Vio algunas herramientas en desorden y una rata enorme, pero ningún indicio del animal. Decididamente no estaba en el sector que le había tocado revisar.
De pronto, el techo se iluminó. Mario Guitián lo había localizado. Fue hasta allá lo más rápido que pudo y en el trayecto tropezó con algo y cayó haciendo bastante ruido. Señaló con la linterna para ver. Primero no comprendió bien qué era lo que estaba en el piso: parecían pedazos de género desflecado, endurecidos por el polvo. Luego aquel olor asqueroso golpeó más fuerte su nariz y acomodó mejor las imágenes: se trataba de huesos, grandes huesos con pedazos de carne adheridos. Investigó un poco más allá  y vio una cabeza. Pero no pertenecía a un animal. Era un cráneo humano. 
Tuvo un presentimiento: iluminó alrededor y descubrió más huesos y cabezas.
A los tumbos, alcanzó una de las paredes. Alguien tocó su hombro y se sobresaltó. 
Iba a gritar, pero una mano le tapó la boca.
–Soy yo –susurró Mario Guitián.
Seguer asintió y el otro lo soltó.
–Lo encontré –dijo Guitián.
Tartamudeando Seguer intentó contarle lo que había visto.
–Calmate –murmuró Mario sin prestarle atención y enfocó con su linterna una pila de leña–. Mirá.
El redondel de luz bajó y mostró una parte del animal, la cola o algo; el resto estaba oculto tras la leña. Era como una serpiente del grosor de un árbol adulto, anillado y cubierto de pelos. De vez en cuando se retorcía muy lentamente. 
–Mejor vamos –le dijo Seguer.
Pero Guitián quería ganar aquel dinero como fuera. Sacó el revólver, le quitó el seguro y avanzó hacia la leña. Juan Seguer confiesa que no sabe qué sucedió entonces. Ya a esa altura no tenía ideas para pensar. Se había convertido en una porquería que temblaba muerta de miedo. Él cree que la montaña de troncos cayó sobre ellos, mejor dicho, que aquella cosa la empujó para que los aplastara.
Juan Seguer y Guitián rodaron y terminaron en sitios distintos. Las linternas volaron por el aire y se apagaron al golpear contra el piso.
–Mario –llamó Seguer.
–Aquí estoy –respondió Guitián unos metros atrás.
Seguer iba a levantarse para caminar hasta su compañero, pero algo se movió a su izquierda, muy cerca. Era como una respiración pesada y sostenida. El terror lo congeló, no dijo más nada; si hubiera podido, habría detenido el corazón para hacer menos ruido. Aquello permaneció a su lado unos segundos y luego por algún motivo se alejó. Seguer lo escuchó deslizarse, viscoso, en la oscuridad.
Por un rato todo pareció calmo y se incorporó. 
Entonces sonaron dos disparos y Mario insultó. Después gritó y pidió ayuda. La criatura lo había atrapado y lo arrastraba. Juan Seguer podía oír cómo se lo llevaba, haciendo rebotar su cuerpo entre los tablones. Mario chillaba desesperadamente y él tanteaba por todas partes buscando la linterna. 
De pronto se hizo el silencio. Seguer se quedó rígido otra vez. Hubo un último grito de Mario Guitián y empezaron los chasquidos, como si una boca muy grande estuviera masticando.
Juan Seguer se puso de pie y corrió hacia la escalera. Quiso bajar; las piernas no le respondieron y se precipitó desde cinco metros de altura. Se rompió un brazo y varias costillas. Pero aún así logró huir.
A la mañana siguiente, la policía fue a investigar al galpón y no encontró nada.
El comisario pensó que Seguer se había emborrachado en algún almacén y se había imaginado la historia.
Sin embargo, el hombre insistía que la señora Ortiz había limpiado todo y ocultado al bicho en otra parte. Suplicaba que revisaran los sótanos del ingenio.
La viuda aseguraba que, al rato de que él escapara corriendo, Mario Guitián bajó con una comadreja en la jaula, cobró el dinero y se fue tranquilamente.
Juan intentaba hacerles entender que Guitián estaba muerto, que lo había devorado el Familiar, y que el plan consistía en que los comiera a los dos. Que no estaba previsto que él sobreviviera.

“Huaira Cruz”
Llegué a Abrapampa de noche, así que no pude conocer el paisaje más que por el silencio que descendía sobre el lomo de los médanos.
Había decidido ir como maestro a la Puna pocos días antes, cuando me sortearon para el servicio y saqué número bajo.
De la ciudad recuerdo los faroles de luz desganada en las esquinas. Me sorprendió que hubiera electricidad.
A la mañana siguiente salí a caminar. Terminaba la callecita a unas cuatro o cinco cuadras y empezaba una inmensa llanura de viento. Para el otro lado lo mismo. Arenales, llanura, y lejos, la montaña. El enorme y árido redondel por el que se llama Abrapampa.
Hacia el mediodía llegó la camioneta a recogerme. Me acomodé en la caja porque la cabina iba llena de gente y mercadería.
La escuela estaba a unos veinticinco kilómetros de allí, en Huaira Cruz.
El camino era como un brochazo seco sobre la llanura de arena; yo veía cómo la ciudad se hacía chiquita y trataba de memorizar cualquier referencia. Tenía que bajar a los tres días a recoger un giro postal que me enviaría mi familia desde San Salvador; como yo era nuevo demoraría dos meses en cobrar el primer sueldo.
Al principio con el camino recto me orientaba fácilmente, después nos internamos en las montañas y dimos tantas vueltas que ya no pude retenerlas.
En Huaira Cruz, junto a la pared de la escuela, nos esperaban unos diez niños de pómulos rojos, tallados por el frío. Miraban recelosos y ninguno sonreía ni hablaba.
II
Benjamina, la cocinera, me prestó su bicicleta para bajar hasta Abrapampa. Era una mujer menuda y flaca, consumida por la certeza de que su hijo de siete años jugaba con un duende.
El hijo de Benjamina venía a clase y era mi alumno. En las horas libres se apartaba del grupo y desaparecía misteriosamente. El día siguiente a mi llegada lo encontré jugando y hablando solo, junto al horno de barro. Cuando le conté a su madre, ella suspiró:
–Es que el duende vive allí.
Benjamina decía que los chicos que mueren sin ser bautizados se convierten en duendes. Los duendes aparecen en forma de hombrecitos, con sombreros aludos, y se llevan a los niños. En algunos casos los retienen por años. Cuando los padres recuperan a sus hijos, los hallan enajenados y son raros los curanderos capaces de sanarlos.
Comencé a pedalear, apretando los frenos con las dos manos, porque la pendiente era fuerte y tenía miedo de desbarrancarme. El camino bajaba a veces a la playa de un río seco y se abría. Un hombre que encontré me dijo que cortara por los atajos, pero yo no distinguía el camino del atajo ni del cauce del río.
Por largos trechos no se veía a nadie. Cada tanto un paisano, o un animal.
Llegué a Abrapampa, alarmado por las cinco horas que había empleado en recorrer veinticinco kilómetros. Fui derecho al correo, cobré el giro y regresé en seguida.
Hice la vuelta prácticamente a pie. La subida era demasiado empinada para la bicicleta.
Para colmo, ya no reconocía el camino.
Durante una de mis muchas vacilaciones, dejé acostada la bicicleta sobre un morro y me puse a considerar la situación.
Cerca de mí, contra un alambrado, había una oveja muerta. No sentí mal olor y me fijé en la carne seca como un cartón. Estaba tan atento a ese cadáver sin moscas, que no vi al hombre que se aproximaba sino cuando ya lo tenía a cien metros. Avanzaba con el cuerpo curvado. Sobre sus espaldas llevaba un cubo enorme.
Vino directamente hacia mí.
–Buenas tardes, señor –dijo.
Descargó su bulto sobre la tierra y se quitó el sudor de la cara con el dorso de su mano. Pasaron unos minutos y ninguno habló.
Para romper el silencio absurdo de dos hombres que se encuentran en el desierto, comenté la perplejidad que me producía la oveja muerta.
–¿Ve esas huellas? –señaló el hombre hacia mi derecha–. Son de león. El la mató.
Observé unas pisadas como de perro grande.
–¿Y por qué no la ha comido?
–Mire el vientre –indicó.
Recién entonces vi que la oveja tenía la panza abierta.
–Le ha comido las tripas –dijo el hombre–. Por eso no se pudre. La altura seca la carne.
Refirió cómo los pumas bajaban a devorar los rebaños. Se habían instalado en la cima del Cerro de Cobre: desde allí podían dominar los campos y elegir los mejores animales. Después de cobrar la presa, se retiraban a su guarida.
–¿Y qué hacen los vecinos? –pregunté.
–La gente viene juntando rabia.
Le convidé un cigarro y fumamos juntos. Sin querer, eché una ojeada a su carga. Él reparó en mi curiosidad y, naturalmente, me explicó que venía trasladando un televisor color que había comprado en Bolivia. Había preferido atravesar el campo y los cerros, antes que usar la ruta habitual, por miedo a que se lo quitaran los gendarmes.
–¿Adónde va? –me preguntó.
–A Huaira Cruz.
Estiró su boca en una sonrisa y me dijo que había tomado un camino equivocado.
Llegué a la escuela muy entrada la noche. Benjamina me sirvió un plato de sopa y se puso a ordenar los trastos. El director tomó asiento para acompañarme. No hablamos más que unas pocas palabras, mientras el farol a querosén nos untaba en los rostros un resplandor ocre.
La cocinera abrió un paquete de harina y lo espolvoreó sobre el piso.
–Cada noche, antes de acostarse, hace lo mismo –susurró el director–. Si el duende anda caminando por aquí, dejará sus pies marcados.
Por la mañana, Benjamina se levantaba antes que nadie e iba a investigar, pero sólo lograba barrer un revoltijo de harina con pelusa y huellas de gatos.
III
La escuela de Huaira Cruz era una especie de fuerte de cowboys, con un patio central donde se extendía durante toda la jornada un sol quieto y seco, habitaciones a la vuelta y el mástil en el centro del patio. Tapia en la parte de atrás, dos aulas, un comedor, dos dormitorios, despensa y una cocina.
Yo solía bajar los viernes hasta Abrapampa y subía el lunes temprano, pero una vez decidí quedarme en la escuela y se lo dije a Jonás, el director.
Jonás Puente era un gigante corpulento que enseñaba en Huaira Cruz desde hacía diecisiete años. Gran lector, perdía suavemente su vista cada noche a la luz de la vela. Los anteojos y su carácter solemne le daban un raro aspecto de intelectual del desierto. Tenía un defecto: era miedoso como un conejo. A mí no me habría importado si no hubiéramos estado obligados a compartir las actividades del día. Mientras charlábamos él relataba sus historias y terminaba metiéndome miedo a mí.
Como de costumbre, esa noche prendimos unas tolas en un rincón de la cocina y calentamos la comida que había sobrado del mediodía para cenar. Estábamos sentados en el suelo con una vela. Entonces él dijo:
–Uy, hermano, te vas a quedar solo.
Lo contemplé sin comprender.
–Una vez yo me quedé –explicó–, y se me apareció un tipo que dijo que él había sido maestro acá y se había suicidado. Yo después consulté el libro de la memoria de la escuela y ahí estaba su nombre.
Llegó el fin de semana y fueron yéndose los chicos. Quedábamos la cocinera, el director y yo. El director se despidió y me miró con pena. Se fue también Benjamina.
Leí un rato tirado en la cama y encendí la radio.
Lentamente empezó a crecerme la fantasía de que algo iba a suceder. Salí al patio a escuchar a los pájaros, para asegurarme de que el mundo continuaba tan claro y monótono como siempre. Pero aquellos escasos silbos no lograban amarrar el vacío del desierto. El silencio pronto se desató y fue una cosa pesada y descomunal que me aplastaba.
Decidí lavar alguna ropa. Eso significaba caminar hasta la vertiente que estaba frente a la escuela, cien metros más o menos. Junté agua allí y llevé balde tras balde, acompañado por esa sensación agobiadora de caminante lunar que produce la Puna.
Cociné. Comí (a veces dejaba de masticar por unos segundos, sólo para verificar la nada).
Al atardecer, resolví que mi última actividad sería hacerme café. Fui a buscar el colador a la cocina, aprestándome para la noche. La cocina estaba al final de todo. Consistía en una habitación de adobe, con piso de tierra y una sola ventana de maderas torcidas. El camino que debía recorrer para llegar hasta allá me inquietaba. Unicamente pretendía tomar una taza de café caliente, meterme en mi pieza y no salir más. Viajé arrastrado sobre la corriente de aquella polvorienta luz de anochecer y atravesé el patio. Cuando llegué al horno de barro y me di vuelta para enfrentar la puerta de la cocina, saltó sobre mí un gato. Con la electricidad del susto le pegué una patada tan fuerte que lo tiré contra la tapia. Permanecí allí con el corazón sudando entero hasta que pude recuperarme. Entonces entré en la cocina, manoteé el colador y corrí a mi cuarto.
Hice café con el agua que hervía en el calentador desde hacía rato y lo serví en un jarro. Tenía el cuerpo endurecido y me dolía el pecho en cada sorbo.
Me acosté, recordando lo que me había contado Jonás la noche anterior sobre el maestro muerto. Me pregunté qué motivos lo podrían haber llevado a suicidarse en la escuela.
Sonaron unos estallidos en alguna parte. Las chapas, pensé. En la Puna hay mucha dilatación por los cambios de temperatura. Pero por la noche algo nos hace desconfiar de las explicaciones científicas. Más bien, preferí suponer que alguien había entrado y se había llevado las ollas por delante.
Presté atención respirando apenas; el ruido no volvió. Agradecí la tregua y me apacigüé. Tal vez llegué a dormirme, pero a los pocos minutos me incorporé sobresaltado no sé bien por qué. Creí sentir una presencia afuera. Me estremecí y pegué un sacudón para deshacerme del pánico que me pegoteaba el cuerpo. Hasta que escuché un suspiro. Un resuello en la ventana.
Definitivamente desesperado, dije en voz alta:
–Bueno, aquí está Satanás.
Y me quedé petrificado, dispuesto a permanecer así hasta que se decidiera a entrar a la habitación y me llevara de una vez por todas.
Entonces explotó el rebuzno, como si alguien estuviera cortando con fuerza una madera húmeda y el serrucho se empantanara. La idea de que fuera un burro hizo que mi cabeza poco a poco empezara a funcionar de nuevo. Después la tropilla entera comenzó a rebuznar, un burro detrás de otro, sin parar; parecía que trataban de convencerme de que no eran espectros. O que se reían de mí.
IV
Me gusta caminar por la calle cuando el sol raja la tierra. Cierro los ojos y me dejo llevar tambaleando por mis piernas. Sin pensar en nada, sin más sesos que una lagartija.
Una tarde, mi vecino Choquevilca me despertó del letargo:
–Maestro, mañana temprano vamos a cazar león al Cerro de Cobre.
Yo había querido subir al Cerro de Cobre desde que llegué a Huaira Cruz. Parecía un monumento, justo frente a la escuela, con una vasta meseta en la punta.
Choquevilca me invitó a tomar un vino en la despensa. Adentro había ya algunas personas preparando en silencio sus cosas para el día siguiente. Mamaní revisaba la caja de cartuchos 22. La había vaciado sobre el mostrador y examinaba las balas una por una.
–Parece que quiere llover –dijo de repente sin mirarnos, como si viniera al caso.
–Ah –comentó Choquevilca.
Luego no se conversó más.
Por la noche se vieron algunos rayos y el aire más pesado empezó a oprimir las plantas de rica rica. El agua no podía demorarse demasiado.
Salimos a las cinco de la mañana. Ibamos el director de la escuela, las familias Choquevilca, Mamaní, Armella, varios campesinos de ahí que poseían hacienda y también las mujeres, algunos de los chicos que asistían a clase y yo.
Empezamos a subir. El camino es casi piedra, salvo por algunos churquis que se prenden porfiados a las laderas y que a lo lejos parecen las motas de una cabeza gigante. Algunas tolas. Un pájaro de vez en cuando. Y el fuerte perfume de la rica rica expandiéndose por la Puna sobre las olas del viento.
Arriba, uno de los paisanos nos organizó en tres grupos para avanzar en una especie de círculo, bordeando la cresta del Cerro de Cobre. Cada grupo tenía dos armas.
Caminamos hasta mediodía y nos reunimos en el lugar que habíamos definido. Sacamos mote y ají y almorzamos. Algunos comentaron los rastros que habían visto. Así se supo que había varios pumas. Sin embargo se había hecho tarde para seguir; decidimos volver. Yo me sentía bastante cansado y me alegré cuando empezamos a bajar. En el camino de regreso, se me ocurrió una chiquilinada: hacer puntería a la flor de un cactus. Pedí un rifle y disparé y de alguna parte salió un puma. La llanura se erizó con un movimiento repentino que asustó y excitó a todos, y vimos a la distancia la polvareda del animal que se iba. La gente salió corriendo, rápido se dijeron cosas, se distribuyeron para ir a buscarlo. Yo seguía a veces a uno, a veces a otro, torpemente, sin tener una idea clara de lo que debía hacer.
Escuché los estampidos de muchos disparos. Y allí me di cuenta de que no había pensado seriamente en la cacería.
Cuando llegué ya le habían dado cuatro tiros con un 22 y no moría. Los hombres, al principio con cautela, luego más decididos, continuaron la tarea a pedradas y a palos. El puma rugía, frunciendo el hocico, y ya no intentaba huir; había resuelto atacar, aunque por su ferocidad recibiera mayor odio en los golpes. Los hombres y las mujeres lo golpeaban con pasión, creo que ya no en la memoria de sus rebaños diezmados, sino porque la ocasión parecía justificar esa terrible capacidad que tenemos los humanos para matar.
Un rayo vibró retorciéndose a lo lejos, como si por unos pocos segundos se nos hubiera permitido ver el espinazo del cielo. Se extinguió el griterío y todos nos quedamos quietos, mirando el horizonte.
Jonás, el director de la escuela, dijo:
–La ciencia se equivoca. El hombre no desciende del mono, sino de las tormentas.
Cuando bajamos la vista, el puma ya había muerto. Tenía los ojos amarillos y grandes, abiertos de sorpresa, y los dientes rotos.
La gente lo alzó y lo llevó cargando a la casa de una familia. Ahí nos juntamos y se hizo la repartición. El cuero fue para los Choquevilca.
Por la noche, los Mamaní cavaron un pozo en el fondo y metieron adentro la cabeza con unas brasas encendidas para que se cocinara.
Los demás también comieron sus raciones.
A nosotros nos pasaron un par de costillas. Las hicimos esa noche, al fuego. Yo no pude probarlo; el director dijo que era rico, pero duro.
Al día siguiente, el hijo menor de los Mamaní apareció en la escuela con el cráneo del puma.
–Le manda mi papá, maestro –me dijo.
Lo acompañaba el changuito de la cocinera, con un gato en brazos que me miraba receloso.
Les di las gracias y los despaché.
Durante un buen rato, contemplé la cabeza entre mis manos.
Cuando escuché en la galería ese ruido de pava hirviendo, traté de recordar si había puesto algo en el fuego; luego me di cuenta de que era una llovizna blandísima sobre el cinc. Sin querer pensé en el Cerro de Cobre y en los manchones de sangre que habían quedado en la tierra. Y en aquella lenta llovizna lavando la sangre.







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